sábado, 12 de mayo de 2007

¿Tolerancia o estupidez?

Publicado en: eltiempo.com

Extraño que la despenalización del aborto lleve ya un año. Insólito, en un país conservador como Colombia. La Iglesia persevera en la abolición del aborto en una suerte de exorcismo de un país entero, asesino de niños. Pero el Estado resiste los embates divinos, contra todos los pronósticos.

No debe ser fácil enfrentarse a la Curia y permitir que las mujeres decidan si quieren o no tener un hijo. Sobre todo en una Iglesia que explica los males del hombre por la debilidad de carácter de la mujer, tentada en el mito del Génesis por el fruto prohibido. Es por esto por lo que el aborto representa un contrasentido frente a los dogmas católicos: los pecados de la humanidad debe expiarlos la mujer al "parir con dolores". Si ya puede abortar y ahorrarse los dolores del parto, la Iglesia católica pierde uno de sus pilares fundamentales.

Los antiabortistas arguyen varias razones. Dicen que solo Dios puede quitar la vida, por eso nadie tiene tampoco el derecho a suicidarse. Antes era costumbre prohibirles el descanso eterno a los suicidas en los cementerios católicos. Pero, claro, era dogma del catolicismo erradicar de la faz de la Tierra a aquellos que adoraran a dioses distintos.

Si solo su Dios puede acabar con la vida, la Iglesia se contradice al imponer la castidad a sus miembros. Eso es también cercenar vidas potenciales.

Arguyen que un cigoto del tamaño de una caja de fósforos ya tiene un alma, y aniquilarlo lo condenaría al infierno por no ser bautizado. Tal vez prefieran que nazca un niño deforme, que muera una madre o que el producto de una violación crezca con la conciencia de que fue concebido a la fuerza y de que nació porque, de lo contrario, su madre iría a la cárcel.

Nada de esto parece sensato. Es más bien un relato espeluznante de los extremos morbosos a los que puede llegar una sociedad. Pero, claro, vivimos en un país democrático, que protege cultos como este. No tan distante de los rituales satánicos -tan controvertidos-: ambos cultos coinciden en su imperativo de producir dolor y de oponerse al bienestar social y emocional de sus integrantes.

Mientras abortistas y antiabortistas se enfrentan en una batalla apocalíptica, la ley que aprueba el aborto (en sus mentados tres casos especiales) se agita de un lado a otro, siempre a punto de colapsar. Pareciera como si nos tentara la idea de volver a ese 0,5 por ciento de países del mundo que obliga a parir a sus mujeres. Nada más aterrador.

No es de extrañarse, sin embargo, en un país como Colombia, porque Colombia es pasión, esa pasión malsana que tanto defiende la Curia por encima de la ley.

Ahora que se cumple un año de la despenalización, El Espectador titula 'Las excomuniones de la Iglesia son sensatas', en un informe objetivo pero claramente viciado. Si esta ley, fruto de la civilidad y de la sensatez, es revocada, miles de mujeres seguirán abortando con ganchos de ropa. Miles de millones de pesos se seguirán destinando para atender en los hospitales a las mujeres que llegan desangrándose por abortos mal practicados. Millones de niños indeseados seguirán naciendo. Pero las mujeres, esto es claro, seguirán abortando. En sitios malsanos o en Oriéntame. Por 60 mil pesos o por 600 mil. Habrá que esperar y observar este duelo entre la Curia y el Estado. Y habrá que preguntarse, claro, si el poder que tiene la Iglesia es fruto de nuestra tolerancia o de nuestra estupidez.

María Antonia García de la Torre

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