PUBLICADO EN: EL HERALDO. COLOMBIA.
Sobre la superficie del agua, Mompox se refleja invertido. Los árboles parecen nacer en las nubes y sostener con sus raíces la ribera del río. Un hombre de cabellera plateada encuentra sus propios ojos sobre la lámina perfecta: son sus ojos, pero no es su mirada, como si ese otro que mira desde el agua delatara el temor que pretende ocultar. Catorce años espera en el puerto, día tras día, desde el alba hasta el nacer de las primeras estrellas. La muerte lo arrebataría cuando la esperanza de vislumbrar la silueta de un vapor a lo lejos era más fuerte que nunca.
Antonio Montaña reconstruye la vida de Santiago Elbers en -Aguas bravías, en un relato que oscila entre lo factual y lo ficticio. Sus líneas, construidas con preciocismo y minucia, recuerdan esa Nueva Granada posterior a la Independencia, vista desde los ojos de Santiago y de Marisa, la dama que lo anclaría para siempre a tierra con la mirada clavada en las ondas traicioneras y arrobadoras de ese río con nombre de mujer.
Cuenta el narrador que Santiago Elbers llega al río, a ese trozo líquido y caliente del Caribe, con la determinación de domar lo salvaje y de penetrar los senderos jamás andados. Se instala en la ribera del Magdalena a fin de sembrar el progreso con una empresa de vapores que erradique las jornadas agotadoras de camino remontando a pie las montañas. La nueva patria que ya construía Bolívar se convertiría en ejemplo de modernidad.
Los planes de Santiago parecen alcanzar un nivel ideal de felicidad y éxito cuando los comenta con la hermosa María Isabel a bordo de Invencible. Ella se convierte en su consejera, comparte con ella tardes enteras y termina por entregarle su amor devoto. La fuerza de Marisa –como la llama de cariño-, parece inagotable frente a las primeras fisuras del proyecto modernizador de Santiago. El relato tiene el cuidado de contextualizar al lector y reconstruye la situación política de la Nueva Granada cuando las trochas comunicaban penosamente el interior con el Mar Caribe. Es fácil dejarse llevar por los paisajes descritos, y casi se puede sentir el calor desde las hamacas y el asombro por una geografía cruel que no acaba de comprenderse.
El agua del río Magdalena busca siempre la misma dirección y lame las rocas hasta hacer de ellas gemas suaves. No conoce el abierto infinito del agua salada, recorre el mismo sendero y alberga caimanes que se camuflan en su turbio vientre de sedimentos. Bocas de Ceniza, unión del río Magdalena con el mar, contempla hoy a los hombres que pescan valiéndose de la fuerza del viento en cometas de plástico negro. Y Mompox aún hoy respira el aire de los españoles que vieron llegar la Independencia y con ella el entusiasmo progresista de Santiago Elbers doscientos años atrás. Su vapor, -Invencible, se limpió las sales del Mar Caribe con el agua dulce de este río Magdalena, de esta criatura femenina, celosa y brutal.
Los amotinamientos, los abusos de poder, las intrigas palaciegas y el dominio del río con su poder monstruoso resquebrajan la sólida estructura que rige el mundo de esta pareja. Sólo lo atroz es norma en un mundo denso y húmedo enclavado en medio de la nada.
Después de largos años de esfuerzos por domar el Magdalena y por remontarlo desde su de-
sembocadura en el Mar Caribe hasta los altos picos andinos, la tragedia adviene sin previo aviso. El narrador llevará al lector por todos los parajes que acompañaron la gloria de Santiago y que acogieron su dolor cuando las últimas páginas del relato revelan las noticias que ya no podrían llegar escritas por el puño y letra de su Marisa.
Es bien sabido que las noticias llegan con días de distancia en esas riberas perdidas del Magdalena. La historia de Santiago Elbers llega a manera de chisme entre las mujeres que lloran su suerte. Aún ahora los cantores, los decimeros, recorren los pueblos llevando en su canto las historias recientes de nacimientos, tragedias y cuentos que ya parecen leyenda.
Contará el decimero, dos centenas de años después, que en el funeral de Santiago se habló por primera vez de su destino aciago, –porque de los muertos sí puede hablarse–. Dirá, frente a un grupo modesto sentado a la sombra de un árbol frondoso, que hace muchos años vivió un alemán por esas tierras, convencido de su poder frente al río, frente a la maleza y el calor. El río, animal temperamental, le usurparía su sueño y consumiría cada minuto del resto de sus días hasta dejarlo hueco, devorado por el hipnotismo de sus propios ojos en el agua.
domingo, 15 de abril de 2007
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