domingo, 15 de abril de 2007

GENERACIÓN E

PUBLICADO EN: PERIÓDICO EL ESPECTADOR. COLOMBIA.

Las comunidades virtuales se presentan para muchos como una opción temible. Descartan sus beneficios y arguyen que la pantalla de un computador puede, por mucho, imitar, pero nunca suplir las dinámicas de una sociedad. Sin embargo, millones de miembros del ciberespacio, de esa realidad paralela, desempeñan las mismas tareas y los mismos rituales sociales en la red y dejan de lado las formas clásicas de trabajar, de ir de compras, de interactuar con otros individuos sin el menor traumatismo.

El lenguaje mismo se ha adaptado a un mundo interconectado por impulsos eléctricos. Es común utilizar abreviaturas como “tb” en lugar de “también”, “xq” desbancando a “porque” y “Lol” por “lovely”. En el caso de Bogotá, estas abreviaturas de palabras en español, se suman a la incorporación de términos en slang provenientes del inglés, y la españolización de términos referentes a la red: “forwardear” en lugar de “adjuntar”, “atachear”, proveniente de “to attach” y se combinan de manera arbitraria con términos en español. Este nuevo spanglish incorpora, además, términos pertenecientes a modismos mexicanos, españoles, argentinos y de extracción popular. Los puristas se aferrarán con ahínco a los tomos de la Real Academia Española. Que no olviden que esa institución acaba de aprobar el verbo “googlear” como parte de nuestro idioma.

En Internet, es común que un bogotano responda “q onda, wey, te forwardeo el paper bout my pc. No se olvides, doc, de embiarme yours, dude”.

Todo se construye en torno a la voluntad del participante y permite la interacción con otros individuos filtrando la información propia. De hecho, es común que una persona asuma una identidad paralela, se lo conozca por su nickname y no por su nombre real, y tiene acceso directo a grupos sociales distantes en los intereses, en el tiempo y en el espacio.

Internet provee las herramientas para construir ese perfil propio y abre las puertas de canales de comunicación visuales como fotografía (flickr.com), video (myspace.com), escritos (Messenger, blogs), musicales (itunes, soulseek), periodístico (newsvine.com) y un gran etcétera.

Se critica de Internet que acabará con los libros, gracias a los e-books en línea, que permite el libre tránsito de pedófilos, de pornografía, de tráfico de drogas, de comunicados terroristas. Respondo de manera sencilla: Internet es una réplica del mundo real, y así como las calles permiten el libre acceso de pedófilos, terroristas, violadores y demás, la red se abre como una urbe digital conformada por los mismos individuos que ocupan los hogares y las oficinas del mundo entero. Este argumento se suma a la desconfianza que turba la interacción en Colombia con las transacciones y las compras online, donde se registra un de los más bajos porcentajes de negocios virtuales y del uso de la tarjeta de crédito.

No podría ser de otra manera. Si no, se trataría de una herramienta excluyente pues, debido a la libre mutación de las identidades, un joven común puede actuar como estafador en sus linderos virtuales.

Por esta razón basta conocer los límites que ofrece la red, no transgredirlos hacia la ilegalidad y confiar en que los maleantes serán debidamente rastreados.

Opacamos, así, una herramienta prodigiosa que muchos rechazan como si fuera fiel servidor de fuerzas ocultas. Suele suceder, que rechazamos aquello que no conocemos y que solemos exterminarlo antes de comprenderlo.

Las comunidades virtuales obedecen a dinámicas sorprendentes y ofrecen nuevos mecanismos de interacción con individuos que nunca encontraríamos en el café de la esquina.

Medios de comunicación como el fax, el teléfono, el contacto directo con una persona se suplen por una conversación por el Messenger. Estos nuevos mecanismos aterran a quienes ven los computadores como aparatos malévolos diseñados para que nadie los entienda y para dañarse siempre, llevándose consigo documentos invaluables construidos durante años.

Discrepo de los incrédulos, considero que las comunidades virtuales abren un horizonte que no aniquila sino que complementa. No crea dependencia sino que facilita procesos, permite el nacimiento de nuevos códigos sociales y la transformación camaleónica del lenguaje. Lo interesante es que esta nueva generación virtual, The E-Generation- no se cataloga por la edad o por ciertos gustos literarios o musicales. De hecho, cualquier individuo puede hacer parte de las miles de comunidades virtuales, registrarse como ciudadano de este nuevo reino, poner en línea las fotografías más feas que haya tomado, los artículos más benévolos sobre Fujimori, compartir música con otros individuos que jamás ha visto ni verá y, quién quita, preferir este reino que se desmembra pero que se nutre de lo real y obtener su visa de residencia. Como dice un personaje en Being John Malkovich, tomar prestado el cuerpo, la conciencia y los sentimientos de otro, “is better than your wildest dreams”. Lo intrigante que enfrenta de esta nueva Generación E, es que llegará un punto en el que uno ya no sabrá si ese Yo paralelo es la réplica o si lo es uno mismo.

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