domingo, 15 de abril de 2007

LA CARIDAD EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

PUBLICADO EN EL TIEMPO. COLOMBIA.

Escribe Ximena Gutiérrez en El Tiempo que está cansada de Gabo y sus homenajes. No le parece correcta su actitud condescendiente con Fidel Castro y encuentra imperdonable que no viva en Colombia. Esta apreciación la comparten muchos y siempre le han reprochado a Gabriel García Márquez que se haya olvidado de la tierra del realismo mágico. Muchos, si estuviera en su poder, cancelarían cuanto homenaje está programado con motivo de sus ochenta años.

Pero eso de juzgar la producción literaria, con base en el nivel de empatía que produzca la persona que escribe, no sólo es errado, sino pasado de moda. Errado porque casi todos los escritores son neuróticos, y no por eso son malos escritores. Y pasado de moda porque hace rato que separamos el texto escrito de la persona que lo concibe. En términos de teoría literaria, hace mucho que se consagró la muerte del autor.

Si por eso fuera, bastaría con donar dinero a los pobres para ser un magnífico escritor. Distinta la situación de un político, por ejemplo, quien está representando una franja de la población y cuya vida está en el ojo de la opinión pública de manera permanente. Por eso deben cuidarse de mantener ocultos –mas no de suprimirlos- amantazgos y orgías.

Para el escritor es más fácil, porque una vez el libro se va a la imprenta, adquiere vida propia independiente de las excentricidades de su progenitor.

No intento defender a García Márquez como persona, ni siquiera como autor. Sólo quisiera que pudiéramos juzgarlo a partir de sus novelas y no a partir de sus niveles de bondad o patriotismo. Atacar a un escritor porque no nos parece correcta su forma de vestir o de vivir, sería como descalificar el proyecto de un arquitecto porque es un esnob insoportable, o porque es gay.

Es difícil separar una cosa de la otra y muchas veces caemos en el extremo opuesto: a veces nos parece maravillosa una novela porque su autor se nos antojó encantador en una tertulia. Otros endiosan a un escritor porque es capaz de enfrentarse a una élite hermética. Bien por él, pero eso nada tiene que ver con su destreza para describir un personaje.

Que García Márquez viva en México, en Aracataca o en la Guajira; que prefiera invertir su dinero en causas personales y no en donaciones a los niños pobres; que sea amigo de Fidel o de Bush… nada de esto cambiará la calidad de sus novelas. Buenas o malas.

A Fernando Vallejo le criticaban que hubiera donado el dinero de un premio a una asociación canina en Venezuela. –Pero, ¡cómo es posible! ¡Habiendo tantos niños pobres en Colombia! Es que, ¡al menos que fuera para los perros de la calle de Bogotá!, -vociferaban sus lectores. A mí, honestamente, me importan un pito las transacciones bancarias de un autor cuando leo alguna de sus novelas.

Si a Vallejo le parece bien ayudar a los perros de Venezuela, enhorabuena. Si le parece que no es un delito que los curas se acuesten con adolescentes, fantástico. Eso pertenece a las opiniones de una persona, emparentada con las novelas que escribe, en el mismo nivel de un padre con su hijo. Y decirle a alguien que es antipático porque su padre lo es, resulta desatinado.

García Márquez se merece todos los homenajes –y todas las críticas- sólo en calidad de progenitor de Cien años de soledad. Pero la pobre novela no tiene por qué cargar con los defectos –y con las virtudes- de ese hombre que la parió.

Me imagino qué pensarán los detractores del Gabo-persona frente a las tendencias nazis de Marinetti, del alcoholismo de Truman Capote, de los malos tratos de Verlaine hacia su mujer, del desenfreno sexual de Sade. ¿Serán por eso peores escritores que si hubieran sido modelos a seguir? No lo creo, como no creo que una novela ética y políticamente correcta haga de un escritor una mejor persona. Cohelo, por ejemplo, produce una literatura de mariposas de colores y de superación personal. Bondadoso, dirían algunos, a pesar de que es claro que produce libros como automóviles en serie, con el único fin de engrosar su cuenta bancaria.

Colombia tiene la mala costumbre de exigirles caridad a sus personajes destacados a nivel internacional. Por eso están tan bien vistas las campañas humanitarias de cantantes y de empresarios de cerveza. Se exige al punto de satanizar a aquellos que destinan el fruto de su trabajo para ellos solos. Los escritores, como cualquier otra persona que viva de su oficio, no tienen por qué ser hermanitas de la caridad y su reconocimiento no puede cifrarse en ese aspecto, tan distante de su producción intelectual. Que es, en últimas, lo que realmente debería importar.

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