PUBLICADO EN SEMANA.COM. COLOMBIA.
El Hay Festival, recibió del 26 al 29 de enero a cientos de literatos y a apasionados por la literatura, en recintos como el teatro Heredia y el Claustro de Santo Domingo. Nadie volvió a casa sin el autógrafo garabateado de su escritor favorito, y nadie se quedó sin ver los conversatorios, ya fuera en el ambiente fresco de las salas o con la brisa marina que sopla al frente del teatro Heredia. Las pantallas gigantes compensaron a los espectadores que no consiguieron entradas.
Durante cuatro días Cartagena vivió una segunda temporada alta. Por las calles transitaban individuos blanquecinos, con el rostro enrojecido por el sol, casi incómodos de encontrarse con un sol demasiado agresivo para una piel acostumbrada a las nubes de la montaña. Pero sus maletas no contenían pareos y crema bronceadora, de hecho, pocos tocaron la arena de El Laguito con sus pies: sólo libros y cuadernos de notas ocupaban mochilas y morrales.
En el marco del festival, el arribo de Gabriel García Márquez aumentó el interés de los presentes, quienes habrían de conformarse con su presencia mas no con sus palabras: las declaraciones reproducidas en El Espectador, aniquilan las esperanzas de que el autor de El amor y otros demonios, dote de vida a los espectros que todavía pueblan su mente.
Su determinación de no escribir más, o al menos de no querer hacerlo en el momento, marca también el fin de una época que con seguridad recibirá nuevos escritores con sangre renovada.
Resulta interesante, empero, su interés por liderar iniciativas culturales. El primer día del Hay Festival, se llevó a cabo una reunión del consejo directivo del Instituto Caro & Cuervo, cuyo objetivo principal era incorporar a García Márquez en las filas de este estamento educativo. Si bien su pluma se ha detenido, al menos es claro que su determinación por adelantar proyectos en Colombia, sigue en pie.
Los pasados cuatro días permitieron la interacción entre escritores de reconocimiento internacional y literatos que comienzan sus primeras incursiones por el mundo del periodismo y de la ficción. El Heredia, reservado para los conversatorios con varios participantes, involucraba al público de manera activa y generosa. Desde los palcos se aventuraban preguntas y opiniones sesudas y otras disparatadas. La intervención de Laura Restrepo sobre su libro favorito, desató la furia de una mujer en un palco del segundo piso. En lugar de hablar del texto más hermoso, destacó unos cuantos que habían causado largas tardes de aburrimiento en su infancia y en su adolescencia, hasta el momento presente.
Uno de los textos, debido a las imágenes horrendas, era para ella digno de no ser leído jamás: se trataba de El Apocalipsis. De inmediato se encendió una luz y llego a manos de una señora el micrófono, -Yo sé que ustedes son personas muy importantes, pero con respecto a lo que dice Laura Restrepo, no sé qué tan cierto sea, o si ella alguna vez haya estudiado teología, para poder decir eso sobre un texto como El Apocalipsis, -dijo enardecida. Acto seguido, entregó el micrófono y abandonó el recinto.
Laura no tuvo más remedio que disculparse por no sentir deleite frente a ese texto, y aclaró que su intención no era la de ofender a nadie, pero ya la herida dama había partido. Después, como para componer la situación, otra señora unos cuantos palcos a la derecha, le preguntó a Laura por su libro favorito, en un perfecto tono de presentadora de Casa Club TV. El final de la sesión llegó sin el mal sabor de la señorita indignada y algún apunte de Laura desató una risotada final que dejó el sinsabor en el olvido.
Dentro de las murallas de Cartagena pasearon, pues, decenas de escritores, periodistas, de poetas y camarógrafos, con bermudas, o pantalones de lino, con marcados acentos argentinos, escoceses. Los unos chapuceando español, los otros desempolvando un inglés del colegio, despiertos hasta altas horas de la noche, y preparados al día siguiente para proseguir con la jornada.
La noche del miércoles, por ejemplo, se movía pausada en el Quiebra Canto de Getsemaní y pocos reconocieron en los ojos desorbitados que llegaron tarde, la mirada de Hanif Kureishi. Su pelo desordenado y gris avanzó por la pista de baile mientras los ventiladores rodaban sobre sus órbitas sin reconocer la inutilidad de sus esfuerzos. Los presentes no se abalanzaron como una jauría en busca de una firma del monstruo maravilloso que se paseaba escoltado por un anonimato que se prolongó durante horas. Ese mismo día, por la tarde, recordaba en el Santa Teresa las imágenes crudas de su novela Intimidad, la brutalidad con la que describe el amantazgo torpe de una pareja que sólo se reúne para llevar a cabo actos sexuales desesperados, cada uno aislado del universo del otro de manera irremediable. “Pero ya no soy así” decía, casi disculpándose por los horrores e infinitos dolores de sus personajes.
Tal vez alguno lo reconoce pero le otorga esta noche de anonimato en el Caribe, su semblante resuma inquietud y la voracidad de su mirada justifica cada línea atormentada y visceral. Se pasea por Cartagena con motivo del Hay Festival, aunque sus hijos gemelos de doce años -confiesa- lo despidieron con cierto temor ante la idea de irse a un país tan lejano y tan ajeno. Pero la realidad de esta Cartagena acogedora le ha confirmado que todo miedo era infundado.
Cerca de la plaza de Santo Domingo, solía pasear una figura menuda y frágil, tan distinta de la actitud fuerte e impositiva de Hanif Kureishi. Avanzaba Vikram Seth con tranquilidad y su rostro de rasgos indios casi lo camuflaba en la multitud. Se abre paso sin prisa, como lo hiciera Julia en Una música constante.
Los conversatorios del Hay Festival de Cartagena produjeron diálogos agudos y una comunicación fructífera con el público, pero los encuentros más afortunados tuvieron lugar entre un evento y otro, en un breve paseo sobre la muralla, en un café, en un hall de hotel. Bastaría recordar a Marco Schwartz recitando versos en un taxi mientras decenas de caballos trancaban el tráfico.
El tedio derivó en risotadas cuando se unió al soundtrack del taxista, un reaggetón de Daddy Yankee, no tuvo recato a la hora de rapear el poema que llevaba por la mitad. Estos momentos de descanso en medio de un festival lleno de programas y de actividades permitió una verdadera comunicación entre los escritores invitados y los paseantes desprevenidos que terminaban por casualidad tomándose una limonada con Laura Restrepo o un mojito en Café del Mar con Vikram Seth.
domingo, 15 de abril de 2007
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