PUBLICADO EN: EL HERALDO. COLOMBIA.
El sol del medio día acompañó siempre a los paseantes durante el Hay Festival en Cartagena. Durante tres días el acento escocés se mezcló con un inglés chapuceado por los habitantes de este Caribe babilónico. De ese caribe, que recibiera en su noche de salsa a Hanif Kureishi, de ese Caribe por el que se paseara Vikram Seth bajo la tibia luz de la luna y entre los vendedores de coco.
Este festival literario revaluó el esquema acartonado que ha imperado en los encuentros de la Feria del Libro y de cada encuentro que se ha llevado a cabo dentro de la academia. Daniel Samper interrogó en el Heredia a Laura Restrepo y ambos se envolvieron en una conversación cálida, abierta, con un humor que derrumbaría el rictus al que nos acostumbra el frío de montaña.
Cartagena acogió a cientos de poetas, a cientos de escritores en potencia, a novelistas, a periodistas, a estudiantes de literatura, todos envueltos en la calidez hipnótica y desarmante de sus calles de faroles tibios.
Nadie se quedó sin un autógrafo garabateado, sin intercambiar unas cuantas palabras untadas de acento latino con Fernando Savater, sin compartir un mojito en Café del Mar con Vikram Seth. Las librerías no daban abasto y todos buscaban desesperados una edición agotada de El buda de los suburbios para la firma de Hanif Kureishi.
Seguro que el festival es digno de repetirse, tal y como lo anunció El Tiempo en su editorial el pasado jueves. Enhorabuena, porque este evento ha encontrado en Cartagena el lugar ideal para olvidar el rigor de los escritores y para entregarse a tertulias improvisadas en una librería al lado de un vino de verano.
Öscar Collazos confirma los rumores: no sólo deben resaltarse los conversatorios, sino la comunicación espontánea de los espectadores con los escritores a la salida, momento en el que interactuaban con espontaneidad, sin que una barrera imaginaria entre el escenario y el palco los separara.
Vikram Seth, en su hotel cerca de la concurrida Plaza de Santo Domingo, recuerda a Julia, su personaje principal de Una música constante, y reniega de esa habitación en la que olvidaron poner una mesa y una silla. –Yo soy un escritor, -dice entre risas.
–¡Quiero una mesa y quiero una silla! ¡Cómo es posible que haya una habitación sin sillas! Su buen humor, envuelto en el ambiente de jóvenes con libretas garabateadas en sus morrales, lo camufla entre la gente y le otorga momentos preciados de anonimato.
Temprano el 26 llegaría, sin gozar, en cambio, de anonimato, Gabriel García Márquez a la reunión del consejo directivo del Instituto Caro & Cuervo. Su presencia produjo la llegada numerosa de camarógrafos y de periodistas con sus libretas listas a registrar cualquier comunicado del autor de Doce cuentos peregrinos.
Durante horas esperaron en el primer y en el segundo piso del Claustro de Santo Domingo, con una paciencia de asceta, de pie, prestos a obtener una imagen. Ya pasado el medio día terminó la reunión y los teleobjetivos afinaron su puntería hacia la puerta por la que saldría García Márquez. Su aparición pareció detener el tiempo y los periodistas no creían todavía que, en vez de tener que buscarlo, él se les estaba acercando en línea recta, justo sobre el espectro que cubren los lentes de sus cámaras. Algunos flashes estallaron con timidez, casi sin creerlo todavía. Su paso lento creó una gran expectativa, hasta que se detuvo frente a ellos en silencio.
Debido a su solicitud de que no hubiera un gran revuelo por su presencia, todos temieron que ese silencio fuera lo único que recibirían. Pero se dirigió a ellos, y con un marcado acento costeño les dijo: -¡pero a ustedes los tienes ahí presos!, -y siguió avanzando hacia ellos. La cuerda azul que los mantenía alejados del espacio en el que se encontraba García Márquez, de repente se volvió obsoleta y el ambiente se relajó: las cámaras parecieron salir de su letargo y capturaron la imagen de este monstruo mientras él parecía contento de comunicarse por unos segundos con miles de espectadores a través de su sonrisa desprevenida.
El director del Instituto Caro & Cuervo parecía satisfecho por los resultados de la reunión y su entusiasmo frente al festival –el cual empezaba ese mismo día- se tradujo en su decisión de sumar al instituto dentro del grupo de patrocinadores. De allí que decidiera encargarse de las memorias de este Hay Festival ya institucionalizado en el Caribe colombiano. Al igual que Hernando Cabarcas, un gran número de individuos provenientes de las gélidas montañas del interior, participaron en el festival, no sólo en los conversatorios, sino al margen, cuando se armaban conversaciones a la salida del diálogo entre Marco Schwartz y Ernesto McAusland, después de la charla con Öscar Collázos, entre un evento y otro.
La tibieza del ambiente permitía una distensión permanente: de manera que McAusland podía burlarse de su propia condición al decir que –todo periodista lleva una novela en su interior, y allí debería quedarse-, o el mismo Marco Schwartz no tuvo reparos al rapear un reaggetón metido en un taxi mientras un desfile equino trancaba el tráfico. Su conversación con Ernesto McAusland se remitió a las crónicas que escribió para el Heraldo en una itinerancia azarosa por los pueblos del Caribe. Contaba Marco sobre la dificultad de encontrar diferencias en lugares casi idénticos, con niños caminando descalzos por la calle, con perros huesudos ruñendo trozos de pescado. En ese encuentro, las confesiones sobre el oficio de traducir en palabras lo visto, añadían matices a la concepción de lo que implica ser escritor. Por fortuna, poco hubo de solemne, y mucho de confesión personal.
El conversatorio entre Laura Restrepo y Daniel Samper, estuvo marcada por anécdotas en torno a Delirio. Cuenta Laura que un periodista muy serio le preguntó si ella alguna vez había estado loca. Después de una risotada general, Daniel le pidió que hiciera un breve recuento de su novela. Su respuesta inmediata fue, -claro, Daniel, y de paso te enteras tú, que seguramente no te la has leído todavía-. Gracias a la confianza de ella con el público, se evitaron las frases acartonadas y la sesión fluyó mientras todos contemplaban concentrados desde sus balcones.
Este encuentro de escritores en la hermosa Cartagena, en la misteriosa y también adolorida Cartagena, resulta un aliciente para recordar que no basta la belleza de su ciudad amurallada para satisfacer la triste miseria de sus alrededores. Que sea este Hay Festival una excusa para embellecer la actitud de los paseantes frente al desasosiego de aquellas que entregan sus cuerpos por un par de dólares. Celebro que se haya instaurado una edición anual del festival en Cartagena, lo celebro porque hubo encuentros cargados de experiencias personales y de amor por esas letras que nos unen a pesar de las murallas.
domingo, 15 de abril de 2007
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