domingo, 15 de abril de 2007

LA PASIÓN DE LAS RAZONES

PUBLICADO EN: ELESPECTADOR.COM. COLOMBIA.

Hace cinco años colapsaron las Torres Gemelas. Este macabro aniversario recuerda la posición de Berlusconi y de Fallaci frente al Medio Oriente. Mientras el dueño de la Rai y del Milan asegura que el mundo árabe sigue atrapado en el oscurantismo medieval, la periodista explica el ataque debido a la envidia que ese pueblo le tiene a Occidente porque nosotros sí somos libres de decir lo que pensamos y de hacer el amor cuando y con quien queramos.

A esto se añade la intervención de Benedicto XVI en una conferencia en la Universidad de Ratisbona. El líder del catolicismo recuerda de manera "inocente" las palabras del emperador Manuel II, quien sostiene que Mahoma sólo generó cosas malas e inhumanas.

Estos tres voceros de la sociedad italiana, juzgan un pueblo desde una superioridad sin mancha. Parecen tan seguros de su condición, que no dudan en reclamar niveles de tolerancia y de civilidad que a ellos les sobran. Tal vez olvidan que en la tierra de las oportunidades y del pluralismo, en esa Italia desde la que pontifican con suficiencia, se impone una sociedad esclavista, al mejor estilo colonial y retardatario.

Resulta peligroso, si no antiestratégico, juzgar al pueblo árabe por niveles de atraso presentes también en Italia. No intento equiparar ambas sociedades pues es claro que sus taras obedecen a raíces antagónicas. Sólo me interesa evidenciar que Berlusconi, Fallaci y Benedicto XVI parecen olvidar que hay aspectos de la sociedad italiana que representan un retroceso y recuerdan la brutalidad medieval en su más pura expresión.

La semana pasada, Rai International debatió en el programa Annozero el problema de los ilegales como una forma moderna de esclavitud. Se habla de 5600 extranjeros sólo en Lombardía que trabajan sin contrato por una paga miserable y en condiciones oprobiosas.

Estos extracomunitarios ilegales provenientes de países del tercer mundo, llegan a Italia con visas de turismo por avión o en barco, y se someten a jornadas de trece horas diarias en labores agrícolas o industriales. No pueden denunciar abusos de sus jefes porque la ley apoya a los italianos y el desenlace inevitable es que los deporten y que no castiguen a estos terratenientes del siglo XXI.

Es claro que ningún italiano quiere limpiar inodoros, recoger naranjas o transportar camiones con carne a las cuatro de la mañana. Tal vez Fallaci tiene razón, su sociedad es más libre que la árabe, pero es sólo porque los marroquíes y bosníacos ilegales garantizan una mayor calidad de vida para los italianos. El documental de Annozero afirma con crudeza que "gracias al trabajo de los ilegales, todos somos más ricos y estamos más seguros".

Mohammed, uno de los trabajadores entrevistados, denunció a su jefe, Gerardo D'Ambrosio por extorsión. De cada once euros que promete a cada uno de sus 300 trabajadores, se queda con cuatro euros, para un total de 8 mil euros al día. Todos ellos ilegales, cosa que lo libra de huelgas y sindicatos incómodos.

Fausto Bertinotti, presidente de la Cámara, explica que este fenómeno migratorio desesperado es el rostro oculto del capitalismo. De modo que es desproporcionado culpar a los ilegales bajo el argumento de que ellos saben a qué se enfrentan por transgredir la legislación italiana.

En este caso, es responsabilidad de Italia, a nivel legal y civil, pues las grandes empresas subcontratan a firmas encargadas de reclutar a estos trabajadores "modelo" y de ahorrarle millones de euros a la industria.

Fallaci murió la semana pasada con su idea intacta de libertad. Espero que esa convicción ilusoria sea, en un futuro, consecuente con la realidad y que cobije con medidas legales a los extranjeros que enriquecen a Italia. Que se decrete, de una vez por todas, la muerte de esta esclavitud moderna que aplican con un fervor equiparable al de un fundamentalista musulmán.

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