domingo, 15 de abril de 2007

HUNDIDO EN LA NIEBLA

PUBLICADO EN: REVISTA NÚMERO. COLOMBIA.


La habitación de un hospital, una voz que le habla al lado, voces que pueblan su mente, la memoria afectiva borrada por completo a raíz de un paro cardíaco: esto es lo único que el narrador, Yambo, sabe de sí mismo en las primeras páginas de la última novela de Umberto Eco, La misteriosa llama de la reina Loana.

Decide entonces armar maletas y dejar atrás la niebla de Milán. Su objetivo: permanecer un tiempo en Solara, a su casa de infancia en busca de recuerdos. Los cuadernos en los que escribió, los libros que leyó, todo eso se configura como una colcha de retazos. Sibilla, la empleada de su librería, ha pasado en limpio las cientos de citas que Yambo acumulaba. Todas ellas tienen que ver con la niebla, como si esta capa que todo lo cubre, causara una fascinación especial en él. De hecho, se reconoce de inmediato que el narrador no tiene el control de todos los detalles porque su memoria atrofiada ha escondido los recuerdos, las palabras, detrás de una niebla pesada e implacable.

Y ahora recuerda, las citas de libros que ha leído, pero no recuerda el rostro de su maestra de escuela, ni las canciones de navidad. De repente, todo le ha sido arrebatado y las personas que lo rodean parecían pertenecer a la vida de otro individuo. Esta inconexión entre él y su entorno, lo impulsa a volver al único lugar que puede estimular las zonas cerebrales atrofiadas.

El retorno a su casa de infancia, en un principio infructuoso –mira los que fueran sus libros y sus cuadernos como si estuviera invadiendo el espacio de otro- se vuelve un recuento indirecto del sentir de los italianos en esas jornadas crudas de guerra en los treintas. Las canciones que enaltecen la guerra, los poemas que enseñan a amar la muerte lo abruman con su presencia sin que él descifre si era partidario o detractor de la voluntad del Duce, si apoyó alguna vez al fachismo y su maquinaria demoledora.

A medida que recuerda, se evidencia el dilema moral que enfrenta, porque no sólo las anécdotas se hunden en la niebla, sino también las posturas políticas, los odios acendrados, las obsesiones.

La traductora de Eco al español, Helena Lozano Miralles, menciona que este cuadro costumbrista crea un distanciamiento con todos los lectores que no vivieron esa realidad particular. Ella, española, hace un paralelo permanente con su propia infancia bajo la dictadura de Franco y reconoce la ausencia de muchos elementos que sí rodearon el pasado de Yambo.

Helena Lozano se pregunta “cómo lo leerían en Hispanoamérica, qué recuerdos estimularía en todos aquellos que han tenido que vérsela con una tragedia histórica (488)”.

De una parte, es fácil reconocer que el cuadro costumbrista que elabora Eco, deja a cualquier lector por fuera, con la jerga de Gragnola Il tuo browser potrebbe non supportare la visualizzazione di questa immagine.(un revolucionario que aparece en su infancia), con cada elemento particularísimo perteneciente a los medios masivos de producción como los comics (Sandokan, etc.) y las canciones que suenan en esa época en la radio. Pero, a pesar de sentir tan lejano ese pasado, ocurre que de inmediato se empieza a hacer un paralelo con la propia infancia, porque la nostalgia de volver a la casa de los primeros años, o a las calles, son universales y atañen a cada lector. A pesar de parecer tan hermética, de ceñirse a una realidad tan Solara en los años treinta, en realidad Yambo está recordando su infancia y eso hace que uno haga una doble lectura con su propio pasado.

Ocurre lo propio con Lessico Famigliare, de Natalia Ginzburg. El relato se centra también en el fascismo italiano y el retorno voluntario de la autora a los recintos que ocupó cuanto era niña, a las calles que recorrió y al miedo de la guerra. Ella aclara en el prólogo que no se trata de una autobiografía, que a pesar de haber sido fiel a los nombres de las personas y de los lugares, su memoria podía haber trastocado los recuerdos. Y nosotros leemos el relato, y nada de lo que dice nos es familiar, pero esa distancia absoluta abre una carpeta paralela en la que se empiezan a consignar las propias vivencias de la infancia y termina por haber una cercanía insospechada.

Tanto Eco como Ginzburg extraen elementos de una infancia compartida y crean dos ficciones en las que el lector se pasea armando el rompecabezas de una época, a partir de sonidos de aviones bombarderos, del repudio a los extranjeros, en ese mundo aturdido por el dolor.

Yambo se guía en la oscuridad de su regreso por las huellas que dejó, como un investigador en busca de una gota de sangre, del arma homicida, a fin de reconstruir los hechos, el perfil sicológico del maleante, su aspecto.

Busca pistas sobre su propio pasado, como un investigador, como si encarnara, otra vez, el rostro de Guillermo y las inquietudes de Belbo. Tres personajes distintos reunidos en una misma mente creadora, todos ellos en busca de un misterio.


Perseguido por templarios o por las páginas envenenadas del libro perdido de Aristóteles, aparece ese hombre que parece mudar de nombre y de rostro en las novelas de Umberto Eco siempre cobijado por un misterio, a pesar de que el develamiento comprometa su propia vida. En ambas novelas, El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault, al personaje lo acechan peligros mezclados de esoterismo y trasgresión de lo sagrado. Yambo, el personaje de La misteriosa llama de la reina Loana, busca su propio pasado, extraviado en los recodos de una memoria estropeada.

A raíz de un estado de coma, pierde la memoria episódica y permanecen sólo los datos que acumulara con sus lecturas. No cuesta relacionar a este milanés de una sesantina de años, con el monje que recorría con su pupilo los corredores prohibidos de la biblioteca de la abadía del norte de Italia. Pareciera como si, por una caprichosa sucesión, Eco creara una suerte de inmortal borgeano que sobrevive a lo largo de sus páginas y prevalece, a pesar de los ataques más furiosos.

El péndulo oscila y las páginas se siguen llenando por la mano de este creador que dota de vida al mismo personaje, siempre en circunstancias y en contextos antagónicos. En este caso, se trata del dueño de una librería que consigue ejemplares raros, fuera de circulación.

El lector también está involucrado en la búsqueda como si se tratara de un iluminado, como si ese misterios pudiera develarse sólo ante los ojos de unos pocos. Esto se hace explícito en el epígrafe de El Péndulo de Foucault “Sólo para vosotros, hijos de la doctrina y de la sabiduría, hemos escrito esta obra. Escrutad el libro, concentraos en la intención que hemos diseminado y emplazado en diferentes lugares; lo que en un lugar hemos ocultado, en otro lo hemos manifestado, para que vuestra sabiduría pueda comprenderlo”. Perseguir un enigma no es la única labor que el narrador hará de manera conjunta con el lector.

En La misteriosa llama de la reina Loana hay una serie de referencias intertextuales, no sólo a libros, como Cyrano de Bergerac, Gordon Pym, sino a elementos pertenecientes a los medios masivos de comunicación, como revistas, periódicos, radio, poemas que enaltecen la guerra, y todo esto configura un contexto lleno de invitaciones a aumentar el espectro que rodea al personaje. Eco hace explícito su interés por involucrar al lector, a fin de que capte los guiños y senderos propuestos por el autor. Dependiendo de lo cerca que el lector camine del sendero que le muestra el narrador, estará más o menos cerca de ese “lector modelo” del que habla Eco en sus ensayos.

En la primera conferencia de “Seis paseos por los bosques narrativos” que Eco leyera en Harvard en el marco de las Norton Lectures, se refiere a un lector modelo, que, independientemente de sus experiencias personales, asume las reglas del juego propuestas por el narrador en un relato. El acto de leer, comparado por el paseo de un caminante por los senderos de un bosque permite ciertos niveles, como el paseante puede tomar por varios caminos. Pero las sendas son limitadas y, a fin de no caer en la sobreinterpretación, el lector debe reconocer que el nivel de lectura púramente emotivo (en el que impregna al texto de sus propios sentimientos en el momento de leer), carece de validez a la hora de juzgar y analizar el texto.

Es preciso, en cambio, limitarse a lo que el narrador quiere expresarle a ese “lector modelo”, que puede hacer una lectura del relato, sin salirse del sendero y sin transformarlo a voluntad. Recuerdo este fragmento de las Norton Lectures a propósito del final de La misteriosa llama de la reina Loana, pues la ambigüedad de la narración invita a la relectura.

El mismo Eco trae a colación el final de Gordon Pym, bastante similar, en el que Poe le otorga al lector la libertad de especular sobre el descenlace del relato. No está dicho explícitamente, sino que una niebla lo cubre dejando lugar a infinitas interpretaciones. En este caso, el lector queda confinado en el bosque narrativo pues el narrador no le muestra la salida del laberinto.

“Un bosque es (…) un jardín cuyas sendas se bifurcan. Incluso cuando no hay sendas abiertas, todos podemos trazar nuestro propio recorrido decidiendo ir a la izquierda o a la derecha de un cierto árbol y proceder de este modo, haciendo una elección ante cada árbol que encontremos. (…) A veces el narrador quiere dejarnos libres de hacer anticipaciones sobre la continuación de la historia (Seis paseos por los bosques narrativos, 14)”.

Esto ocurre con el final de La misteriosa llama de la reina Loana y lo único que resta es anticipar una respuesta, condenada al mundo de la niebla.

Yambo recorre su pasado en la niebla de la desmemoria con la esperanza de encontrar la llama que ilumine al menos algunos rincones, fragmentos de rostros, sensaciones. Busca la llama de Loana, para dotar de vida su propio pasado y el de su amada, Lila. Encontrarla, volverla a ver en su mente a pesar de saberla muerta, sería como poseerla, y esa sería la recompensa después de toda una vida de amor inconfeso. Ya en el estado delirante del que reconoce en su presente el rostro de la muerte, sólo anhela recitar con ella los últimos diálogos de Cyrano de Bergerac. Así, al igual que Cyrano, podría liberar de su alma el dolor que produce amar en silencio.

“… había buscado toda la vida, en todas mis aventuras, el rostro de Lila. Toda mi vida he esperado interpretar la escena final del Cyrano. La conmoción que quizá me llevó a mi trastorno fue la revelación de que esa escena me había sido negada para siempre (451)”.

La pérdida de la memoria, está relacionada con la conciencia de no poderle declarar nunca su amor a Lila. Antes de su amnesia, el rostro de ella era lo único que había escogido recordar del pasado, ahora, cuando recupera algunos años de recuerdos, es lo único que permanece oculto en la niebla. El personaje teme haber vuelto ficción su propio pasado: “No sólo soy un desmemoriado, sino que quizás vivo ya de memorias ficticias (75)”. Puede ser una metáfora de la condición real de los recuerdos que muchas veces rayan con lo ficticio por la voluntad del individuo, se enaltecen o se oscurecen según las emociones que involucren. A veces preferimos la ficción a la realidad.




No es gratuito que el título de la última novela de Eco, sea justamente el mismo de un comic de los treintas en Italia, “La misterosa fiamma della regina Loana”. La historia de esta heroína coincide con la historia de Yambo, de hecho funciona a manera de metáfora. Los libros son un refugio ficticio que permite una evasión momentánea. Y el pasado que Yambo revive se limita en un principio a lo único irreal de su vida, los libros que había leído. El relato de Eco está plagado de referencias a otros textos y de ilustraciones de las portadas. Los comics abarcan una parte importante de este prontuario, al punto de que el libro tiene nombre de tira cómica.

Loana, como todo superhéroe que se respete, tiene un poder. Ese poder es una llama que revive a los muertos y dotar de vida eterna a los humanos. Ocurre que el amado de Loana está muerto desde hace varios siglos y ella encuentra, mucho tiempo después, a un hombre que es idéntico a su difunto amor. Pero él, está enamorado de la hermana de Loana. Como nuestra heroína se encapricha con este nuevo personaje, decide congelarlo o petrificarlo… en todo caso apropiárselo, a fin de poseerlo. La historia es truculenta y –como dice el mismo Yambo- bastante absurda.

Esta es la base, también, de la tragedia de Loana, y es también la tragedia de Yambo, al no haber podido amar nunca a Sibilla, su amor de adolescencia. Y al igual que Loana, la busca siempre en otros rostros. La obsesión de Yambo, oculta bajo la niebla de la desmemoria, es recuperar a Sibilla y poder verla. El único medio para recordarla, es ajustar su mente perturbada, y es en los corredores de su infancia y en los cuadernos y libros de la escuela donde escarbaría para recuperar su pasado.

Gracias a este trauma en su memoria, se encuentra con los objetos que lo rodearon en sus primeros años de vida. Y, al mejor estilo de un investigador privado, reúne pruebas, compara caligrafías, desempolva cajas en busca de un indicio que le permita formarse una idea, ojalá una imagen del individuo investigado y escrutado, en ese caso de sí mismo.

Yambo crea también un efecto de distanciamiento en tanto que él también es lector, de hecho, su memoria hecha girones sólo recuerda los libros que ha leído. Es como un Funes de los libros que han pasado por sus manos pero un Sherlock Holmes de sus recuerdos episódicos en tanto que cuenta con unas pocas pistas.

“Sherlock Holmes era yo, en ese mismo momento, empeñado en recuperar y recomponer acontecimientos remotos de los que antes no sabía nada, sin moverme de casa, encerrado, quizá incluso (…) en un desván. También él, como yo, inmóvil y aislado del mundo, descifrando puros signos. Él, además, conseguía hacer que reaflorara lo reprimido. ¿Lo conseguiría yo? (…) Y como él, tenía que batirme con y en la niebla (171)”.

Niebla versus luz, niebla antes amada, esa niebla que cubre el pasado como un bálsamo, ahora le produce a Yambo repudio. No entiende cómo pudo amar tanto la niebla a fin de deshacerse de todos sus recuerdos. Antes del colapso de su memoria, su imperativo fue olvidar y evadir inmensos fragmentos de su infancia. Ahora, en cambio, busca como un loco, latas de galletas, frascos, discos de la época, a ver si así, tumbándose en el calor del viñedo o en el recinto solemne del estudio de su abuelo, logra recuperar al menos sus rasgos difusos.

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