domingo, 15 de abril de 2007

...Y LA NIEVE AFUERA

PUBLICADO EN: EL HERALDO. COLOMBIA.
“El viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar”, dice Gardel. Al otro lado del mapa, en un pequeño poblado de Turquía, un hombre repite, sin saberlo, la experiencia que narra el cantor de tangos. Nieve, la última novela del Nobel turco, Orhan Pamuk, habla de mujeres que se suicidan por no poder usar el pañolón que las identifica como islámicas. Los habitantes de este villorrio las condenan por pecadoras y asedian a Ka, el periodista y poeta occidentalizado. La nieve bloquea todas las vías que comunican Kars con el resto del mundo, se extiende, como un monstruo blanco por cada recodo de las calles miserables. Ka, el viajero, se interna en una realidad al margen de la civilización, tan lejos que es incapaz siquiera de imitar el esplendor de la poesía de Occidente en sus versos torpes. El periódico local difunde noticias incrustadas en el fundamentalismo y cegadas por la mentalidad de individuos encerrados en sus casas derruidas y oscuras.

En medio de la desolación, Ka reencuentra a su amor añorado, Ipek y se sumerge en una red de espías y de defensores del Islam centrados en relatos anacrónicos y dogmáticos. Un lector occidental cualquiera, encontraría allí la justificación de atentados terroristas, la disculpa para considerarse superior frente a una sociedad enceguecida, donde el ateísmo se paga con la muerte y donde las mujeres reivindican su derecho a caminar cubiertas, y condenan a aquellas que se exhiben como mujerzuelas al salir a la calle con el pelo suelto o con una falda que exhibe las rodillas.

Pero basta poco para reconocernos en ellos, para aceptar que las diferencias nacen en fuentes similares. El fanatismo, los dogmas, imperan en el Medio Oriente, pero son también la piedra angular del pensamiento occidental. La novela de Pamuk conduce, de manera inevitable, a la reflexión de asuntos religiosos y políticos que envuelven a los escritores como una amalgama fusionada con la ficción.

Ka recorre las calles gélidas de Kars a fin de cubrir dos noticias: las elecciones de alcalde y una racha de suicidios de mujeres. El segundo tema, en apariencia alejado de implicaciones políticas, derivan en investigaciones policiales en su contra, para nadie es conveniente que se sepa que estas mujeres decidieron morir antes que negar su religión. De modo que, una buena parte del tiempo, este viajero debe responder interrogatorios, sobre la fuerza de su fe, sobre la ofensa que representaría publicar una noticia semejante. Y en medio de la persecución policial y de fundamentalistas –liderados por Azul-, Ka se encuentra siempre con la nieve, impecable, imponente. La nieve como manifestación divina en contraste con la mentalidad obtusa del hombre.

Este hombre vuelve siempre a la nieve, desde una ventana sucia, en puentes derruidos, como el devoto que acude a una imagen divina para escapar de la realidad prosaica construida por los hombres. Cuando más cerca se encuentra del infierno, más cerca vislumbra la idea de una paz proporcionada por ese ser que se erige como nuestro antípoda y, tal vez por eso, como bálsamo por creer en una entidad pura y perfecta, opuesta en todo a la sinrazón del mundo.

Dice Ka: “…mientras escuchaba los gritos y los insultos de los muchachos, cuyo volumen amortiguaba la nieve, sintió con tanta fuerza la lejanía de cualquier cosa y la increíble soledad de aquel rincón del mundo bajo la luz amarilla de las farolas y la nieve que caía, que descubrió en su interior la idea de Dios”.

Si bien Ka parece confinado, viajero atónito en un sendero finito, se abre ante sus ojos –o ante su conciencia- un recorrido por su propia concepción de ese pueblo al margen de la historia. El recorrido que emprende, por los confines de su conciencia, abre ante sus ojos entumecidos la geografía desconocida que yace dentro suyo. La nieve bloquea la posibilidad del retorno, pero lo interna en el mundo olvidado de esas nevadas de su infancia, del amor reencontrado diez años después. Bradamante, la guerrera de Calvino, emprende una travesía similar recluida al final de su vida en un monasterio, encerrada en su habitación, pero con la realidad ineludible de sus elucubraciones y de su amor, vivo en caricias impresas como un sello indeleble en la piel. Ka se entrega a este viaje sin motivos aparentes, con la nieve como una presencia imperecedera. Busca, tal vez, lo que ocurre sólo una vez en la vida: que nevara por primera y última vez en uno de sus sueños. Aunque ese sueño fuera, como dice Baudelaire, dulce como la muerte.

No hay comentarios: