domingo, 15 de abril de 2007

LAS LETRAS ACORRALADAS

PUBLICADO EN: ELESPECTADOR.COM. COLOMBIA.

Más de una persona se pregunta atónita qué hacen los literatos durante cuatro años de universidad. Algunos aventuran hipótesis: de pronto estudian ortografía y gramática, aprenderán otras lenguas o, quizás, los ponen a escribir cuentos y poemas. Resulta un misterio aún mayor, la orientación laboral de estos individuos que han escogido como profesión una simple prolongación de las clases aburridas de español de octavo grado.

Su desorientación tiene un asidero real: la literatura no “sirve” para nada, leyendo novelas no se construyen puentes ni se gerenciará jamás una empresa.

El literato, por su parte, debe prepararse para resolver el enigma en repetidas ocasiones a lo largo de su vida. Construye argumentos distintos según el interlocutor y trata de justificar una inversión millonaria por parte de sus padres destinada únicamente al fomento del ocio.

Y es que la literatura se ha reducido a una facultad –o un departamento, en su defecto- que ofrece materias “fáciles” para los estudiantes de ingeniería o de administración. En la Universidad de Los Andes, por ejemplo, acuden al recurso de abrir un gran número de materias de literatura a estudiantes de otras carreras. La finalidad: mantener vivo un departamento cuyos ingresos dependen del número de inscritos por asignatura. Esto deriva en una disminución de la calidad, para estimular la asistencia masiva de estudiantes. Si se limitaran a los literatos, cada clase contaría con unos cuatro pupilos.

Mientras tanto, los inscritos a esa carrera comparten salón –hasta en los últimos semestres- con primíparos de Derecho que preguntan perdidos qué es una metáfora.

Resulta extenuante enfrentar a diario la mirada decepcionada de egresados de carreras técnicas cuando interrogan por el salario mensual y cuando oyen palabras como “corrector de estilo”, “editor”, “escritor”. No les convence mucho que el literato esté encargado de retratar las contradicciones y los matices de un pueblo, les parece una pérdida de tiempo leer cosas que no pasan en la vida real con palabras que no existen.

No intento proferir un quejido lastimero por esta situación, más bien me sorprende que hayamos caído en una marginalización producida por el enaltecimiento generalizado de las carreras “serias”, de los trabajos “útiles” en detrimento de ocupaciones que retan los preceptos propios y los absolutos de una sociedad.

Es triste que se pierda el interés por disciplinas que estimulan el intelecto en un país cuyo valor absoluto es el ascenso en la pirámide social. La pequeña estirpe sobrevive, en consecuencia, con sueldos irrisorios, arrinconada como una comunidad proscrita, luchando contra un sentimiento de culpa impuesto por una academia que estimula sólo a los estudiantes de administración con intercambios y altos cargos empresariales.

Los equipos de investigación –no sólo en literatura, sino en antropología, en física y en historia- deben autofinanciarse y rogar por la publicación de sus estudios. Tal vez por eso, se considera un privilegio o una estupidez despilfarrar una pequeña fortuna en una profesión que, en el campo laboral, equivale a un título de bachiller. De modo que, los pocos individuos que optan por una carrera sin futuro material, quedan confinados en un colegio, dictando las aburridas clases de español de octavo grado. Otros buscan asidero en latitudes lejanas. Huyen hacia países que consideran las artes y las letras un tesoro de la memoria colectiva y no un despilfarro de niños ricos.

Si un país proscribe las letras, castra el desarrollo intelectual de sus habitantes, destruye la posibilidad de que surjan nuevos pensadores, de que publiquen en su propia tierra, aniquila el debate y la posibilidad de que nazcan nuevos lectores. En suma, no considero que los niveles de lectura aumenten repartiendo libros en las escuelas. El verdadero cambio que busca el gobierno con su plan nacional de lectura no rendirá frutos hasta tanto no se enaltezca la labor del escritor y hasta tanto no se brinden las herramientas propicias para que filósofos, historiadores, artistas y literatos alcancen niveles equiparables a los de países desarrollados sin tener que cargar con un estigma absurdo y alejado de la realidad.

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