domingo, 15 de abril de 2007

FERIAR LA LECTURA

PUBLICADO EN: EL ESPECTADOR. COLOMBIA.

Todos parecen complacidos por el nombramiento de Bogotá como Capital Mundial del libro. El regocijo en la Feria del Libro fue unánime y se habló del tema a manos llenas. Sé que resulta antipático afirmar que no merecemos este nombramiento y que deberíamos declinarlo por numerosas razones. Ya mucho ha costado en este país que consideren una prioridad el fomento a la lectura y que el gobierno instaure como proyecto bandera la creación de bibliotecas en todos los puntos de la geografía nacional.

Pero, por triste que parezca, existen todavía numerosas taras en los planes actuales de educación y en el aumento de los niveles de lectura que hacen pensar más en una labor inconclusa.

De una parte, está visto que pocos colombianos registran altos índices de lectura y que la gran mayoría no pasa de medio libro al año. Debido, claro está, a que no existe un hábito de lectura y a que las coyunturas que padece la población impiden el uso de los espacios que ofrece el gobierno, como las más de quinientas bibliotecas fundadas en varios puntos del territorio nacional.

Los altos precios de los libros no suelen incentivar sino que suelen espantar a los compradores, esto deriva en que se compren más los libros que salieron hace unos diez años, dado que suelen quebrar los precios originales. Estas políticas editoriales, en consecuencia, se enfrascan en una sinsalida, dado que publican títulos en bajos tirajes “porque la gente no lee”, y naturalmente a precios altos. Pero entonces, ocurre que al final de la cadena, “la gente tampoco los compra” porque cuestan demasiado. Sería acertado aumentar los tirajes, sin sacar ediciones tan costosas, para poder bajar los precios y permitir que una mayor de personas tenga acceso a los libros.

En la Feria del Libro, por ejemplo, hay flaquezas en la calidad y en la diversidad: no sólo de títulos, sino de actividades que involucren a varios países por fuera del perímetro hispanohablante.

Sería una lástima dormirnos en los laureles de un reconocimiento todavía inmerecido. La lectura crecerá en tanto que aumente la diversidad editorial, en tanto que permitan la difusión de nuevos autores y en tanto que construyan unas políticas de ventas acordes con un público real. De otra manera, se perderá el interés por los libros y los individuos seguirán esperando a que les vendan el best seller de moda en un semáforo por la cuarta parte del precio.

Recuerdo que el año pasado, la Fundación Mempo Giardinelli en Argentina, planeaba sacar una selección gratuita (en siete tomos) de los mejores escritores locales. En asocio con el Ministerio de Cultura, decidieron publicar 700 mil ejemplares que repartirían en todo el país a fin de impedir que la crisis económica fuera obstáculo para acceder al legado literario argentino. Considero que esta iniciativa refleja el interés de un gobierno por llevar los textos a sus habitantes y sienta las bases de un aumento de los índices de lectura. Reconozco que iniciativas similares se han adelantado en Bogotá, como Libro al Viento. Existe la intención, pero considero que es necesaria una mayor determinación para que este nombramiento de Capital Mundial del Libro obre como mecanismo de reflexión, más que como el reconocimiento de una labor que apenas comienza.

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