PUBLICADO EN: EL MALPENSANTE. COLOMBIA.
Llevo 22 años tratando de escapar de esta guerra. Todos mis recuerdos de infancia tienen que ver, de una forma u otra, con conversaciones desmoralizantes de mis padres al ver con impotencia una tierra segregada. La mayor parte de los eventos familiares, que se remontan a abuelos y bisabuelos, cuentan con alguna historia sangrienta. Hasta donde llega mi memoria, guardo un registro de relatos en los que abundan las balas, los tiros de mortero y los brazos a medio enterrar bajo la sombra de algún sauce.
Desde pequeños estamos entrenados para habitar un país maltrecho. Algunos extranjeros se pasean por zonas rojas "conquistadas" por guerrilleros o paramilitares y regresan victoriosos a sus países del hemisferio norte con la satisfacción de haber practicado un deporte extremo. Dicen que aquí uno se siente vivo, que todo está por hacerse, que es una gran amalgama en formación.
-Por fin vamos a ver lo que es la guerrilla y cómo se matan en este país tropical -decía Raoul, un amigo que nació a orillas del Lago di Garda. No le interesó ir a Cartagena, ni conocer Bogotá. Sólo me pidió indicaciones para llegar al Putumayo porque le parecía más divertido toparse con un par de guerrilleros y, en el mejor de los casos, tomarles una foto con la camiseta del Che Guevara.
De camino para un café pasamos un día por la plaza de Bolívar. Seguí conversando con él, pero venía a mi memoria el Palacio de Justicia en llamas, oía los gritos, recordaba una voz proveniente del radio de mis padres: "señor presidente, retire las tropas por favor, señor presidente...", hasta que un balazo da fin a la transmisión en 1985.
Ya con un par de cappuccinos en la mesa, recuerdo que sacó su guía de Colombia y me contó animado cuál sería su periplo por el sur del país.
-Vediamo se trovo qualche guerrigliero.
No me extraña, porque parece que en Alemania, sobre una colina desde la que se ve toda la infraestructura de Auschwitz, hay un restaurante gourmet que cuenta con guías turísticas hacendosas y políglotas. Si ellos pueden hacer de un campo de concentración un centro recreativo, no veo por qué no podrían ver en un país en guerra un parque de diversiones.
Hace años que Raoul no viene a Colombia. Yo me quedé acá y olvidé su rostro. Lo recordé, después de tanto tiempo, mientras caminaba hacia el Museo Nacional para ver Tiempos de paz. Se me ocurrió que, de haber estado acá, lo habría llevado a esa exposición para que se hiciera una idea más real, más cercana, de este país. Ya no era posible, pero igual entré.
A lo largo de la sala hay varios televisores que repiten de manera incesante seis historias similares: los momentos en los que este país trató de llegar a la paz. La muestra empieza en 1902 con el tratado de Neerlandia y sigue con historias sobre Rojas Pinilla y Belisario Betancur. En efecto, el recorrido está organizado de manera cronológica, y esto permite ver una panorámica de lo que ha sido el siglo xx en Colombia a través de sus momentos de paz.
Mientras paseo por los corredores de la exposición confluyen fotografías que me llegaron en la infancia a manera de relatos desoladores. Al lado de varios libros descubro un poema escrito por un militante del epl; más allá veo un cuadro de Débora Arango y uno pequeño de Botero: una paloma con un laurel en el pico. Veo varios retratos de ex presidentes y, al final del recorrido, un sillón y una greca del Palacio de Justicia. También El libro rojo del Putumayo (¡cómo le hubiera gustado a Raoul!).
Me encuentro con que, si bien el objetivo de la exposición es mostrar seis acercamientos del Estado a niveles elementales de gobernabilidad y soberanía nacional, allí de paz no hay sino el título. Nada más. Todo el resto es guerra.
Repaso las vitrinas con insistencia. Busco un objeto, una foto o carta que me diga lo contrario. Pero no; más que de paz se habla de guerra y de derrota. Un sillón chamuscado del Palacio de Justicia no me evoca más que el dolor de ver con impotencia la incineración de decenas de personas. Cierto, lo vi por televisión y tenía sólo cinco años. Qué consuelo.
Se me escapa el sentido de una exposición sobre la guerra en Colombia titulada, irónicamente, Tiempos de paz. Toda la parafernalia en torno a la ingeniosa iniciativa le robó tiempo al que confió en que es posible convencernos a nosotros, un pueblo azotado por asesinatos incontables, de que hay paz en las calles y en el campo. Dicho de otro modo: una exposición como ésta me dice muy poco. Leo a través de la vitrina el texto del tratado de Neerlandia y me dan ganas de bostezar; lo mismo me pasa con una gran cantidad del material expuesto. En cambio, me llaman poderosamente la atención y despiertan mi curiosidad los poemas de los militantes del epl o la foto de Clemente Silva, el cauchero personaje de La vorágine (claro, eso debe ser porque estudio literatura). Por supuesto, comprendo que el tratado de Neerlandia es importante y que decir lo contrario puede sonar idiota; me refiero a que espontáneamente no me produce emoción, no "capto" su interés. Es un pasado tan lejano que ni me toca ni llega hasta mi vida.
Sé que en Bogotá hemos esquivado las balas y los cilindros bomba con cierto decoro, sé que una exposición puede permitirse una perspectiva un poco lejana de la guerra y presentar muestras de paz entre los escombros. Lo que no sé es que si al ver la tapa -y nada más que la tapa- de los Discursos y declaraciones del señor gobernador de Caldas, coronel Gustavo Sierra Ochoa o del Tratado Lozano-Salomón uno entienda la pacificación del Llano o los intríngulis de la guerra con el Perú. Esta falta de contexto, de información que para mí no es obvia, me distancia de documentos que hablan de pronunciamientos presidenciales y de redefiniciones fronterizas. Frente al documento, separada por un vidrio, pienso si esto será prueba de los tiempos de paz que han existido en Colombia.
A pesar del valor histórico de la exposición, salgo con el ceño fruncido y las entrañas oprimidas como si hubiera sido víctima de una broma de mal gusto. Es como si me dijeran que mi hermano se va a casar y llegara, en cambio, a su funeral. Quién sabe cuál sería el criterio que movió al curador de esta exposición a organizar y colgar fotos de procesos de paz frustrados (en el catálogo de la exposición no dan muchos datos al respecto). Entiendo que haya una necesidad de creer en un camino sin retenes de la guerrilla, con un mínimo de soberanía nacional, tranquilos, dueños de nuestras tierras y de los árboles que las pueblan. Pero el resultado es una aglomeración, un pastiche de cien años sobre una guerra desgarradora.
Digamos que tratan de que conozcamos a ese enemigo que ataca desde la selva y al cual no conocemos o conocemos muy mal. Fernán González en el catálogo de Tiempos de paz dice a propósito: "Esta heterogeneidad de la sociedad e incomprensión mutua hacen que el conflicto tienda a ser percibido desde el síndrome del enemigo, que tiende a la satanización y estigmatización del adversario, [el cual] es visto como enemigo absoluto: la síntesis de todos los males".
González parte del hecho de que unir fotos de guerrilleros con cuadros de Débora Arango y retratos de ex presidentes implica el conocimiento de ese adversario desconocido. Si la intención es conocer al enemigo, me parece equivocado verter en dos contenedores idénticos dos sustancias de naturaleza tan diversa. Equiparar equivaldría a poner los camiones en los que sacaron decenas de muertos del Palacio de Justicia y que el ejército desapareció. Equivaldría a publicar las fotos de las caballerizas de la calle 106 con carrera séptima, en la época de las frecuentes torturas "oficiales" contra los manifestantes de los setenta. Resulta casi conveniente reunir en una misma exposición a gobernantes e insurgentes, los unos de saco y corbata en lienzos elegantes, y los otros en fotos amarillentas, con fusiles y granadas.
Si lo que buscamos es identificar un Otro para poder desatanizarlo, quisiera que nos remitiéramos también a la contraparte, al Estado que ha permitido el deterioro de una nación que lleva un naufragio de cien años.
Mientras me paseo por la sala, pienso en esas ancianas que pueblan el Reino Unido y que atiborran sus casas de pocillos, caricaturas, mechones de pelo, trozos de uña y de ataúd de la princesa Diana. En la sala del Museo Nacional, en lugar de pocillos de Lady Di, hay esferos de Belisario Betancur; en lugar de trozos de ataúd, trozos de sillas del Palacio de Justicia, y en lugar de mechones nostálgicos de la cabellera real, la "estilográfica con la que se firmó la constitución pública de 1991". Y de pronto entiendo el malestar que me ha causado la exposición. La paz no son sus souvenirs. La paz no está en los llaveros, en las palomas ni en ninguno de los frágiles cachivaches que la intentan representar. La paz es algo intangible, una especie de fantasma que recorre la exposición. Y contra lo que dicen las novelas, no verlo me ha causado más susto que verlo.
domingo, 15 de abril de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario