domingo, 15 de abril de 2007

EL OCASO DE LA REVOLUCIÓN

PUBLICADO EN: EL ESPECTADOR. COLOMBIA.

Fidel Castro muere. Los medios especulan sobre el futuro de una revolución sostenida por la opresión. Dentro de los interrogantes que se abren, como la capacidad de supervivencia del régimen posterior al deceso de su precursor, se vislumbra el de la situación actual de esa revolución soñada. Imposible enterrar las inquietudes que Ernesto Guevara sembró a su paso por toda América Latina. Ineludible el balance final de una lucha materializada sólo en Cuba.

Los sesenta en Argentina, en Cuba, en Colombia, como en tantos otros países, presenciaron miles de torturas, de desaparecidos, seguidores de una opción política de izquierda. De estos guerreros entregados a un ideal, sólo queda la decepción de aquellos que sobrevivieron, la convicción de que todo fue en vano.

Algunos siguen ocultos en la selva gritando consignas que se confunden con las balas, otros enterraron sus ímpetus contestatarios hace décadas. Y sólo unos pocos alimentan, todavía, la esperanza de un sistema político equitativo, libre de opresión.

Fidel Castro revive el pasado con su ocaso, revive los pasos en falso de una revolución víctima de sus dogmas. Colombia encarna de manera dramática la gestación del monstruo turbado, determinado a autoaniquilarse por la incompatibilidad de sus órganos.

Los factores predominantes —en medio de tantos otros— anegaron en Colombia el triunfo de la revolución. De una parte, los revolucionarios de fusil terciado, inspirados en modelos soviéticos y maoístas, aplastaron la opción de izquierda no armada. Y de otra parte, los insurgentes que temieron perder la fortuna de sus familias, dejaron en punta proyectos que favorecían la justa participación política de la social democracia, de ese bien colectivo, por un bien individual. Difícil juzgar a unos y enaltecer a otros: aun los mártires guerrilleros, una vez dueños del poder, se dedicaron a amasar fortunas con la vigilancia de las rutas de la droga, con secuestros, torturas y extorsión. Tal vez es más honesto abandonar las filas y dedicarse, de manera abierta, al negocio familiar y a garantizar su nombre en la herencia a cambio de renunciar a la revolución.

El Ejército de Liberación Nacional, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, el Ejército Popular de Liberación… Todos estos nombres configuran una paradoja, condenados a encarnar aquello que atacaban.

Argentina carga con el peso de que su joven médico, el Che, aparezca en miles de camisetas de jóvenes europeos convencidos de que la guerrilla todavía lucha por la liberación de los oprimidos. Grande sería su decepción si supieran que nadie sabe dónde fenecieron esos ideales, cuyo paradero es tan misterioso como lo fue el del cuerpo de Ernesto Guevara.

Desde hace medio siglo, Cuba sostiene un modelo económico y político inspirado en las luchas de los sesenta. Se mantiene, aún con el veto económico norteamericano, y representa una opción libertaria en Cuba, antes apodada el Casino del Caribe. Pero paga con creces la materialización del sueño castrista. Para nadie es un secreto que un régimen de esa naturaleza sólo puede sostenerse con privaciones, con opresión, con la coerción como bandera de la libertad.

Su labor sólo confirma, una vez más, que el mayor enemigo de la revolución no es la derecha, no es la Iglesia ni el capitalismo. Los guerrilleros y los intelectuales de izquierda han luchado tanto por obtener un espacio de participación política que, una vez obtenido, someten a sus seguidores a vejaciones aún peores que aquellas por las que miles entregaron la vida. Es claro que su propia testarudez, su delirio de grandeza, hicieron de emancipadores, asesinos, y de libertarios, secuestradores. Tal parece que se quedaron en los medios y olvidaron el fin. Tantas son las metamorfosis, que tampoco debería sorprender que con el paso del tiempo, un líder del pueblo como Fidel Castro, se convirtiera en verdugo de aquellos que pretendía liberar.

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