domingo, 15 de abril de 2007

¿QUÉ HAY DE NUEVO EN MACONDO?"

PUBLICADO EN: EL TIEMPO. COLOMBIA.
el debate está abierto sobre la internacionalización de Bogotá. Es claro que se vive un ambiente más abierto, ejecutivos norteamericanos confluyen en la zona T y los productos franceses invaden los supermercados. A primera vista, podría concluirse que se vive un ambiente de tranquilidad y que los extranjeros, por fin, le están apostando a Colombia. Una mirada desde la perspectiva económica revela, sin embargo, un panorama desolador. Detrás de las delicias que representan conseguir en Bogotá productos de otras latitudes, está el debilitamiento de la industria nacional. No es novedad que esta apertura prematura está ahorcando a las empresas locales nacientes.

Pero, como suele ocurrir en el razonamiento del colombiano promedio, basta con que su nevera parezca un festival gastronómico europeo para poder respirar tranquilo. Lo nativo es frondio y lo extranjero es sinónimo de estatus. De modo que nuestro país se va a pique en materia de desarrollo industrial mientras que todos vitorean a las grandes multinacionales que seducen a los compradores con jeans, tennis y ipods, a cambio de que no superemos nunca la condición de proveedores de flores y café.

Esta “internacionalización” de Colombia choca con mentalidades cerradas que, paradójicamente, se aferran cada vez más al parroquialismo imperante. No sólo a nivel económico, sino desde la perspectiva de la seguridad, las élites han vendido sus principios, se han aliado con grupos subversivos, a cambio de respirar tranquilidad en sus fincas. El fenómeno paramilitar es síntoma de un deseo por volver a viejas formas feudales, tan lejanas del ideal democrático de países que gozan de un concepto verdadero de libertad. Mientras gozamos con los grandes cruceros que pasan por Cartagena de Indias y mientras acumulamos electrodomésticos de última tecnología –en nuestro intento por imitar el nivel de vida del primer mundo-, encarnamos niveles oprobiosos de salvajismo.

Un híbrido semejante, sólo es posible en una sociedad retardataria con ínfulas de un glamour importado y artificial. Es triste que nos baste con la forma sin alterar en un ápice el fondo. La casta dominante derrocha e imita comportamientos prestados de otras latitudes, encerrada en una cápsula que defiende a muerte. No estamos tan lejos de ese Macondo que inventó García Márquez y no es descabellado afirmar que el llamado realismo mágico se vive en nuestras tierras a manera de hiperrealismo aterrador.

Todo aquel que vulnere esta imitación criolla de Miami (concentrada en tres o cuatro barrios de Bogotá), reconoce en esos “elegidos” un desconocimiento absoluto del país en el que viven y paga su trasgresión con la muerte. Los desplazados que osan acercarse a un automóvil en un semáforo del Parque de la 93, se encuentran con conductores que los acusan de ociosos. “Ese señor debe ganarse unos 400 mil pesos al mes sólo limpiando los vidrios de los carros, no tiene que pagar impuestos y es un perezoso que no quiere trabajar”, suele ser el comentario más común.

No pretendo hacer una apología de las personas de proveniencia humilde, pero sí quisiera evidenciar el cinismo con el que una minoría boyante protege su pequeño paraíso artificial con argumentos deleznables. Su bienestar se sostiene en la miseria de millones de personas condenadas a vejaciones dignas del infierno dantesco. Y en lugar de experimentar la más mínima conmiseración, los culpan por su condición y se mofan de sus pequeños tesoros custodiados por una caballería armada con motosierras.

Macondo no es sólo mariposas amarillas y jovencitas que se elevan por los aires: más allá de la muralla que rodea el norte de Bogotá, más allá de Pomona y de Armani, millones de miserables esperan la puñalada que los llevará a una muerte anunciada.

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