PUBLICADO EN: REVISTA NÚMERO. COLOMBIA
“Todos vivimos dos vidas: una, la que soñamos, otra, la que vivimos”, dice el personaje de un filme brasileño, de esos que están pasando en estos días por Cinemax con motivo del carnaval de Rio de Janeiro. Eso mismo pareciera decir Manuelita Sáenz. Una vida, al lado del Libertador, en Italia, libre por fin del yugo del parroquianismo santafereño, es la vida que sueña. Otra, la que reconstruye Jaime Manrique en Nuestras vidas son los ríos, es la vida que vive, la de una mujer segregada y olvidada. Se la considera una heroína y aprendemos a adorarla desde nuestros primeros años de adolescencia. Era la amada de nuestro libertador, la dama belicosa que desafió el chismorreo provinciano de Quito y de Bogotá. Amamos la Manuelita soñada.
Sin embargo, el relato de Jaime Manrique presenta a una bastarda, adúltera que muere anciana, pobre y olvidada en un pueblo costero hediondo, y nos recuerda a la Manuelita real.
Sus fracasos y equivocaciones, la lucha incesante, casi siempre convertida en derrota, la vida que vive, es un espejo de nuestra condición imperecedera, acentuada en una tierra bautizada con sangre.
Manuelita muere desposeída al margen del mundo, vende sus vestidos, sus joyas, consigue su plato diario de comida haciendo dulces. Las damas quiteñas y bogotanas no soportan señales de rebeldía como vestir su uniforme de coronela, pasear a caballo por la sabana, salir de noche a pegar proclamas contra los santanderistas. Su condena es el exilio y el hambre. Detrás del heroísmo y de la valentía, se asoma la sombra, la de una mujer que persigue a su propio ídolo, al amado Bolívar y soporta el rechazo, cada encuentro postergado, cada mirada de indiferencia. Manuelita idolatra, embebida en una ensoñación difusa donde un día podría ser la mujer legítima del libertador.
Nada de esto ocurre. La desvela el sueño de una tierra gobernada por un hombre justo, y Bolívar se autoproclama dictador; busca en él un hombre fuerte y apasionado por ella, para encontrarse con un ser abandonado a sus pasiones, disminuido por la tuberculosis, indiferente a la devoción carnal y espiritual que ella le profesa.
Una maldición parece cernirse sobre sus días, la hostilidad de un padre que la vende al mejor postor; una herencia soñada que jamás puede reclamar –sólo con dinero podría ser libre, igual que un hombre-; el oprobio de las camanduleras por abandonar a su marido y convertirse en la amante orgullosa del Libertador; la muerte de Bolívar lejos de ella. Todo parece desboronarse alrededor. De suerte que, a manera de prisión, le prohíben pisar su ciudad natal y Bogotá, la condenan a la mendicidad, en compañía de su esclava Jonotás, y sus dos perros, Santander y Córdoba. Paita, un pueblo infecto perdido en Perú la ve morir, inválida y delirante.
Las dos mujeres que la acompañan desde la infancia, Natán y Jonotás, arrancadas de los brazos de sus padres en San Basilio de Palenque, reconstruyen con su voz la sevicia de los españoles que las hacen esclavas. Ellas, testigos de los arrebatos y excesos de su ama, intercalan en esta novela histórica la voz narrativa con Manuelita. De esta manera, se reconstruye la cotidianidad de un pueblo sustentado en una pirámide hermética, que esclaviza a los negros de manera abierta y esclaviza a los blancos de manera soterrada. Los paseos de Manuelita por las calles de Bogotá acompañada por sus esclavas, escrutada desde los balcones, vilipendiada en las iglesias, parece un virus sin cura en estos poblados del altiplano. Al vislumbrar la capital colombiana desde su caballo, Manuelita piensa temerosa: “Estaba horrorizada de ver tantas iglesias. Esperaba que Santa fe de Bogotá no fuera otro piadoso Quito. Cualquier cosa menos otro Quito. ¿Acaso me había mudado de la Roma de los Andes al Vaticano de Suramérica?”. Para su desgracia, esta reflexión se convierte en una triste anticipación.
No basta la independencia de los españoles, ni las leyes que prohíben la educación religiosa obligatoria, ni siquiera los intentos por mermar la discriminación de sexos y de razas. Esta urbe que Manuelita vislumbraba desde la quinta, en las faldas de Monserrate, sigue anegada entre decenas de cúpulas y defiende, como horda de guerreros enceguecidos, dogmas anacrónicos gritados desde los púlpitos con fervor ciego.
La vida que sueña Manuelita sigue sin coincidir con la vida que vive, con la que hubiera vivido aún ahora. Cerca de su final, cuando percibe la presencia de Bolívar paseando por el patio, esperándola, reconoce que esa vida adormecida y turbada, no es más que un río que va a dar a la mar, que es el morir.
lunes, 16 de abril de 2007
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